Si un muro cae, ¿qué pasa con la ventana?

Cuando el mundo mira hacia los fuegos artificiales en la puerta de Brandemburgo, hay que mirar hacia atrás. Fue en esta noche, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, cuando tuvo lugar la Noche de los cristales rotos. El comienzo del holocausto para muchos, una muestra del poder destructor del hombre para todos. Hoy la voz de Plácido Domingo sorprende a los dirigentes europeos, cómodamente sentados, dando palmadas al son de la música. Hace 71 años, los gritos de los niños cortaron la noche entre arañazos de fuego y sinagogas derretidas.

Hoy, que el ser humano se cree con derecho a mirar el orgullo con admiración, hay que ir más allá de lo pactado. Aunque Google todavía prefiera a Barrio Sésamo, la vida es dura. Muros florecen no solo en Palestina, sino también en Ceuta y Melilla, a las orillas del Río Grande o en los suburbios de Medellín o las tres mil viviendas en Sevilla. Retórica desgastada en discursos, en realidad son cárceles que no se ven, pero que aprietan y ahogan.

No puedo evitar sonreírme al ver a Sarkozy dar palmas, a Angela Merkel canturrear tímidamente el Berliner Luft. He de agradecer el montaje del Telediario de TVE, porque al final de las imágenes de la celebración ha sonado una voz muy distorsionada: Ich bin ein berliner. JFK estaría sin duda orgulloso de los sueños que hemos cumplido, y de cómo podemos ocultar con orquestas multiétnicas guerras y matanzas casi diarias. Bueno, y sin el casi.

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