Qué lejos queda el 15-M

Ya han pasado las elecciones, y aunque seguimos con pactos regionales y congresos del PSOE, la política parece haber vuelto a ocupar su lugar de siempre. Los políticos siguen gobernando, las leyes siguen aprobándose, y las plazas de media España siguen ocupadas en acampadas que siguen reclamando el cambio. Sin embargo, los medios de comunicación que parecían haberlos comprendido los han vuelto a abandonar, y mucha gente se pregunta por qué siguen celebrando asambleas y organizándose en más comisiones de trabajo, si los comicios del domingo ya han teñido el mapa de azul.

Como siempre, nadie comprende a los “indignados”. Entre todos les pusieron ese apodo – porque tenían que tener un apodo, no podían llamarse 15-M, un nombre poco comercial -, entre todos los animaron a seguir luchando por un futuro mejor, pero ahora vuelven a estar solos. Desde la acampada de Zaragoza lo repetimos mil veces: “esto no acaba el domingo, porque ese no es su objetivo”, pero a nadie le importó. La prensa vendió este movimiento como una oleada de indignación contra este gobierno, estos políticos, sin ver que la crítica era contra todo el sistema. Los tertulianos de todas las cadenas los elogiaron cuando descubrieron que contaban con un enorme apoyo, pero ahora piden que acabe para que el orden se mantenga. Para que el sistema que tanto criticamos, que tanta gente critica, se mantenga.

El movimiento del 15-M, las protestas de los “indignados”, o como lo quieras llamar, ha recibido tanto apoyo porque no persigue un fin concreto, pero tiene muy claro lo que quiere. Los puntos básicos que reclama la acampada de Sol son medidas concretas que conllevan otras mejoras del sistema. Una reforma de la ley electoral acaba con el bipartidismo y el trato de favor a algunas comunidades autónomas porque cuentan con diputados en el Congreso, muy útiles para aprobar las leyes. Una separación de poderes efectiva acarrea tribunales independiente, que no actúan con coherencia y no de acuerdo a los partidos que dominan las cortes. Si pedimos una democracia real, lo hacemos porque no existe, y unas elecciones locales y autonómicas no nos la traerán. Está claro que el movimiento tendrá que reorientarse, pero queda indignación para muchas más noches de acampada.

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